viernes, 27 de febrero de 2015

Dulce amor


Esa tarde del 27 de diciembre del 2003, el Flaco salió con su guitarra acústica entre los árboles y los llantos felinos que rodeaban el Centro de Salud Mental "Dr. Arturo Ameghino", dispuesto a tocar sus canciones. El escenario era precario, lejos de las estructuras de mega festivales que el artista estaba acostumbrado ocupar para escupir su prosa. La noticia había llegado por el boca en boca de los seguidores spinetteanos. En épocas donde las redes sociales aún no eran aptas para todos, ese era el medio más efectivo para informarse del paradero escénico del poeta del rock. En medio del ruido sonoro propio del lugar, la sensación de estar tan cerca y a la vez tan lejos, paralizó a los pocos espectadores que habían llegado a destino. Todos, entendieron que el aire se estaba volviendo canción y que la carne ya no era nada. 

Luis estaba ahí, quieto, sin emitir palabra alguna. Miró a todos desde sus lentes de sol que encendían los ojos de la otra mirada. Los sonidos eran como una fuerte distorsión sin acople en la que expresaba el rigor de la quietud. De la nada, una melodía reconocible inundó al momento: “Si no canto lo que siento me voy a morir por dentro, he de gritarle a los vientos hasta reventar aunque sólo quede tiempo en mi lugar”.




Cada canción que desprendió de su instrumento fue como un hacha que cortaba de cuajo la corteza del alma. Pocas palabras, algunos chistes, se dejaron escuchar entre los gritos de los internos. Todo se convirtió en un cóctel de spinettalandia puro, donde los presentes sintieron a su artista favorito, cerca, muy cerca.
Pocas fotos y ningún registro de audio, son el resultado de esa reunión íntima. Todas las caras fueron inmensidad. Por casi más de dos horas, la ceremonia convirtió al lugar en el jardín más buscado.
El Flaco, agradeció a los presentes y sin gesto alguno, se retiró del Ameghino. Mientras, los oyentesespectadores se transformaron en luz infinita, sin tiempo.

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