lunes, 19 de marzo de 2012

La casa

En la casa, los pájaros madrugan en un chocar de ventanales. Un árbol de nísperos es recuerdo niño que no detiene su caminar, aunque nunca se disfrute de sus frutos.

La sombra de una parra con sus uvas sedientas de olvido, refugian la calma del viento. En el interior de esa casa, sus sillas de caña seca se pierden en un absoluto blanco que proviene de sus paredes.

Entre libros desordenados, estoy yo, intentando descodificar los dilemas de la carne.

Viene el tiempo furioso, con sus dedos arrugados y acarician mis hombros. Desprende sin previo aviso las huellas de una mujer con indicios de su no existencia en la casa.

La sombra de sus vestidos se refugian en el jardín de hojas de un tiempo indefinido, viene y va, con gran densidad.

Ni la física cuántica, ni el marxismo, ni la anarquía o la teoría funcionalista pueden articular una respuesta que explique el “descubrimiento” de su nuevo mecanismo interno y flamante moral que la convierte en un paradigma poético, político integrado a un sistema de preocupaciones del ser vivo que creo ser.

No hay retórica para su nueva cosmovisión del sexo, sino un viaje por el humanismo de su piel.

La angustia busca comprenderlo todo, pero atraviesa la corriente de su misma estética.

No lo confeso nunca.

La condición socioeconómica la fatigaba, la realidad le pesaba en su cuerpo.

Pero aunque nunca escupió verbos, siempre lo supe.

Mi falencias alejaron las posibilidades sonoras de un regreso a la vida.

Me llevaron a una zona oscura, sin la cita al cine para ver la película del periodista que en la selva cubana lucha y no llora. Tampoco hubo la búsqueda del viajero eterno que camina solo bajo una nevada mortal.

No hubo esperanza demencial, porque ese cuerpo cercano estuvo ensordecido por las madrugadas con urgencia, con amenazas de un incendio de las posibilidades humanas.

No existió coraje, solo primaba una convicción de valores que negaban la posibilidad del amor, los supremos gestos de la vida.

Las discusiones o los enojos empujaron el cuerpo de una mujer cansada, con arrugas a un mejor paisaje.

Encontró su conexión con su mundo entero y volvió a ser niña, a ser mujer que goza de los colores en su piel.

“ Mi amor es el opio de su pueblo”, me dije al estar monótonamente sentado frente a un televisor sin antena que transmite una lerda imagen que no tiene la iluminación de la pantalla.

Ella salió del cautiverio de su soledad y es conmovedor símbolo de una simple lámpara que dejó el ropaje de los días agobiantes.

Tanto fue la presión y mi pobreza de darle alimentos al amor que liberó su ser y dijo : Soy.

Un carta a mi mismo se encargó de ubicar en algún lugar el desorden de todos los sentidos.

Muchas veces somos incapaces de luchar contra la tempestad.

La verdad, aunque es trágica, es que la hice perder tiempo, la convertí en huérfana de afecto, le negué el abrazo, el beso y con su instinto de supervivencia se negó a seguir con sus zapatos cansados el camino de su propia extinción.

Los cambios son tan terribles y profundos que luego que se marchitan con el paso del tiempo nos resultan insignificantes.

Fui la intuición del comienzo de la ruptura, pero en vez de ir contra el tornado que arrasa a las arenas de un desierto, me acostumbre a mirar la pantalla y que pase lo que pase.

Parezco un viejo que busca algo en lo más profundo de su memoria.

Y la verdad es que si busco su piel y la eternidad de sus besos.

Nada alcanza para mitigar ninguna de las tristezas que sufre mi carne y mis huesos. Pobre ser con ojos que observan el vacío

Siento nostalgia

Busque por mucho tiempo modificarle la vida a otras personas y deje que la que vivo todos los días sea algo casi irreconocible, con relojes detenidos.

Duele los colores de dios en su libertad, pero ella la besa y es feliz.

Ojo negro, ojo marrón de una cósmica virgen es la distancia que enmarca la palabra que nunca volveré a escuchar.

La casa sigue en su lugar pero fuera de un teorema intelectual, dejó escapar al sentimiento negado.

Tanto cerebro inmóvil y tanta esperanza detruida.

Abro la puerta de la casa y descubro la señal :

“ Te he perdido”.


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